X-MEN
VIEJOS AMIGOS
Por Doctor Lecter
1. Viejos amigos
El hombre del abrigo negro vaciló ante la entrada del hospital y se preguntó qué demonios hacía allí.
Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron, y la despedida no había sido agradable, pero allí estaba, preocupado por lo que le había ocurrido a su viejo amigo. Aunque estaban en bandos opuestos, existía un lazo invisible que los unía. Un lazo irrompible.
¿Pero querría verle? Eso esperaba.
Finalmente se decidió y traspasó la entrada del hospital.
Cuando pasó por el detector de metales, este vibró durante un instante. Aquello era debido al campo magnético que emanaba su cuerpo, mucho más potente que el de cualquier ser humano normal.
El guardia de seguridad le miró, extrañado.
Él le sonrió.
-Estos aparatos nunca funcionan como deberían.
-Sí-dijo el guardia, por rellenar el silencio. Había algo en aquel hombre que, por alguna extraña razón, le hacía sentirse incómodo.
El hombre del abrigo negro se acercó al puesto de información y se quitó el sombrero.
La enfermera que estaba tras el mostrador pensó que aún era joven para tener el peno tan canoso.
-¿En qué puedo ayudarle?-le preguntó, solícita.
-He venido a visitar a un amigo. Se llama Xavier. Charles Xavier.
-Ah, sí, pobre hombre. Tenía las piernas destrozadas cuando ingresó hace seis meses.
-Eso me han dicho. ¿Puede decirme cuál es su habitación?
-La 271, pero ahora no está en ella. Está con el doctor Marvin, paseando por el terreno que hay detrás del hospital.
-¿Paseando?
-Bueno, usted ya me entiende.
-Sí. Gracias, señorita-se encaminó hacia la puerta, pero la enfermera lo llamó.
-Espere, tengo que anotar todas las visitas que reciben los pacientes. ¿Cuál es su nombre?
-Oh, no tiene importancia-dijo él, sonriendo y poniéndose de nuevo el sombrero-Sólo soy un viejo amigo.
Charles Xavier iba en una silla de ruedas muy aerodinámica: era motorizada, apenas emitía un ligero zumbido, era metálica de color amarillo y se deslizaba por el aire, a veinte centímetros del suelo.
-Es el regalo de una amiga-dijo Xavier al doctor Marvin.
-¿Qué?
-La silla. Iba a preguntarme por ella.
-¿Cómo lo sabe?
Xavier guardó silencio durante un instante, con una media sonrisa en los labios.
-He visto la curiosidad en su rostro.
El doctor Marvin sonrió.
-Jamás había visto una silla así.
-Porque no existe otra igual en el mundo, doctor. Mi amiga es científica, doctor Marvin. Con esta silla no quiere que me falte de nada en mi actual estado.
-Debe ser una buena amiga.
-Lo es-se limitó a decir Xavier, pensando en Moira.
Fue su primer amor. Los dos se conocieron en la Universidad y se enamoraron. Xavier iba a declararse cuando lo llamaron a filas y tuvo que ir a la guerra. La 2ª Guerra Mundial. Y ya no hubo vuelta atrás. Cuando volvieron a verse ella lo rechazó sin darle ninguna explicación y eso lo destrozó. Entonces empezó a viajar por todo el mundo, prestando su ayuda a los que lo necesitaran. Hasta que tuvo el accidente.
Y ella, en vez de venir a verle, le enviaba aquella silla de ruedas automática. Hubiera preferido sentir su presencia a su lado antes que esta estúpida silla.
-Al menos parece haber aceptado que no volverá a caminar-dijo el doctor Marvin, devolviéndolo al presente.
- Acepto lo que me ha ocurrido, doctor, pero tengo fe en que algún día volveré a caminar.
-Xavier...
-No se moleste, doctor Marvin-dijo Xavier, con la mirada perdida entre los árboles que flanqueaban el camino-Todos los médicos de este hospital me han dicho lo mismo. Tengo las piernas inservibles, pero permítame conservar la esperanza al menos.
-Está bien, lo siento.
-Olvídelo. Y no, no dejaré que me las amputen.
El doctor Marvin lo miró, desconcertado.
-¿De qué está hablando?
-Usted cree que lo mejor sería que me amputaran las piernas, ya que la sangre no llega a mis miembros inferiores. Es lo que creen todos. Pero no pienso hacerlo. Son mis piernas y me gustan.
-Está bien, Xavier, tranquilícese, nadie va a cortarle las piernas.
-Ya lo creo que no-Xavier lo miró a los ojos, con el ceño fruncido, y se obligó a respirar hondo.
Cálmate, se dijo, no pierdas el control, recuerda lo que pasó la última vez.
Xavier se limitó a sonreír brevemente.
-Ahora me gustaría estar solo, si no le importa.
-Claro, claro, y yo tengo que atender a otros pacientes. Ya vendré a verlo más tarde.
Xavier se quedó allí varios minutos, pensando en el bueno del doctor. El doctor y sus colegas que querían cortarle sus piernas. Cuando pensaba en ello la desesperación le podía. Ellos, que querían arrebatarle la esperanza de volver a caminar, de volver a correr. Por Dios, si su caso no era el peor de todos. Xavier conocía casos en los que pacientes en peor estado que el suyo habían acabado andando de nuevo. Él lo había hablado con los médicos, pero se limitaban a intercambiar significativas miradas y a asentir con la cabeza, como si él no estuviera en sus cabales.
Ignorantes, pensó, pero ya verán, ya verán cuando se den cuenta de que están equivocados. Cuando me vean andar de nuevo entonces se darán cuenta.
Estaba pensando en todo ello cuando su silla se detuvo y cayó los veinte centímetros que lo separaban del suelo. Entonces se desplazó veinte metros hacia atrás y giró 180 grados.
-Eric.
-Hola, Charles-lo saludó su viejo amigo quitándose el sombrero.
2. Reencuentro
-Eres la última persona que esperaba que viniera a visitarme.
-Pensé que esa persona era tu querido hermanastro.
-Caín me envió una cinta de 45 minutos en la que se ríe todo el tiempo.
-Amor fraternal, ¿eh?-ironizó Eric.
-Sí.
Los dos se observaron durante largo rato.
-¿Qué haces aquí, Eric?
-Magnus-lo corrigió, poniéndose serio-Eric Lensher dejó de existir hace mucho tiempo.
Murió al mismo tiempo que su mujer, pensó Xavier, dando origen a Magnus.
A Magneto.
-Lo siento, ha sido un lapsus.
-Me he enterado de lo que te ha pasado y he venido a ver cómo estabas.
-Hace 15 años que no nos hablamos, Magnus. Corrijo, que tú no me hablas. ¿Y has escogido este momento para arreglar nuestra situación?
-A pesar de que estemos en bandos opuestos sigo preocupándome por ti. Hace siglos que nos conocemos y eso nunca cambiará.
Xavier lo miró fijamente, en silencio.
-¿Qué?¿Me estás leyendo la mente para comprobar si te estoy mintiendo?
-No-dijo Xavier-Sabes que no me gusta entrar en la mente de nadie sin su permiso. Además, me basta tu palabra.
-El mismo Xavier de siempre.
-Acompáñame a mi habitación, estoy cansado.
La silla se puso en marcha y Magneto caminó a su lado.
-¿Sigues pensando que los humanos merecen una oportunidad?
-Ya conoces mi postura sobre el tema.
-Eres un necio, Charles. Te empeñas en defenderlos, en protegerlos, en confiar en ellos, y esta es tu recompensa-dijo, señalando sus piernas-Oh, sé lo que ocurrió en el Tíbet. Estoy al tanto. ¿De qué sirve, Charles? Nos tienen miedo, nos llaman monstruos, quieren vernos muertos. Ellos son los auténticos monstruos y no se merecen nuestra compasión. El mundo sería un lugar mejor si todos ellos desaparecieran.
-¿Incluso Gabrielle?-replicó Xavier.
Magneto se calló.
-No, ella no. Es la única que merece la pena. La excepción que confirma la regla. Precisamente lo que le pasó debió abrirte los ojos, hacerte cambiar de idea sobre ellos. Pero no, seguiste en tus trece.
-Eran nazis, Magnus, no todos los humanos son como ellos. Ellos son la excepción. No debes juzgarlos a todos por unos pocos.
-¿Y por qué no? Ellos lo hacen con nosotros-Magneto meneó la cabeza-La tuya es una causa perdida, Charles. No me entra en la cabeza que estés de su parte. Nosotros somos el futuro, no ellos.
-En esto jamás nos pondremos de acuerdo. Será mejor que lo dejemos.
-No, yo no quiero dejarlo, Charles. Llevo 15 años pensando en ello. Gabrielle era tu novia y mi amiga y esos nazis la torturaron. ¡Casi la matan! Debiste dejar que acabara con ellos. Se lo merecían. Pero en lugar de eso utilizaste tus poderes contra mí, me traicionaste.
-¡Basta!-exclamó Xavier. Magneto se sintió repentinamente mareado y perdió el equilibrio. Tuvo que apoyarse en la silla de Xavier para no caerse-Matarlos no era la solución, Magnus. La muerte nunca lo es. Conseguimos reducirlos, que era lo importante.
-Otro arrebato como ese, Charles, y te desharás por fin de mí-dijo, con una ligera sonrisa.
-Lo siento.
-Me pregunto si habrías actuado igual si Gabrielle hubiera muerto.
Xavier sabía que no, pero por eso trataba de estar siempre calmado. El día que perdiera el control nadie estaría a salvo.
-¿A eso has venido, Magnus?¿A desahogarte?
-No, no.
Los dos entraron en la habitación y Xavier se volvió hacia él.
-¿Te importaría...?
-En absoluto.
Magneto lo subió a la cama y lo tapó con la sábana.
-Por cierto, me la encontré no hace mucho. A Gabrielle.
El corazón de Xavier se aceleró.
-¿Qué tal está?
-Bien. Se ha casado y tiene un hijo.
-Oh-a Xavier le costó asimilar que el segundo gran amor de su vida hubiera rehecho la suya-Eso está bien.
-¿No lo sabías?
-No he sabido nada de ella desde lo de Israel.
-Aquello lo cambió todo. Cuando terminó, cada uno se fue por su lado.
-Sí, así es.
-Pareces cansado.
Xavier no dijo nada.
-Te dejaré descansar.
-¿Volverás?
-Sí, cada día hasta que salgas de aquí.
-Gracias, viejo amigo.
Magneto le estrechó la mano y le dejó descansar.
3. Conversaciones frente al tablero
-Me gustaría saber cómo ha convencido al doctor Marvin para que lo apuntara a rehabilitación.
-Puedo ser muy persuasivo, John-dijo Xavier, sonriendo.
John era su fisioterapeuta, un joven de 28 años muy amable y simpático. John llevaba veinte minutos masajeándole las piernas. Cuando llegó al hospital tenía las piernas rotas por una docena de sitios, pero tras seis meses las fracturas se habían soldado y ahora ya podía empezar con la rehabilitación.
-Pues me alegra de que lo haya hecho. Si usted tiene fe en poder caminar de nuevo algún día, él no es nadie para quitarle sus sueños.
-Gracias, John. Eso mismo creo yo.
-Sí, amigo-dijo un hombre de unos cuarenta años que caminaba con un bastón-Si usted cree que puede hacerlo, es que puede hacerlo.
-Gracias-respondió Xavier.
-Ese es Jonathan-dijo John-De Kansas. Es granjero.
-¿Y qué hace un granjero en Nueva York?
-Está haciendo un curso de administración y finanzas. Un coche lo atropelló y le fracturó la tibia.
Xavier asintió con la cabeza, pero sabía que no era cierto.
A Jonathan no le atropelló ningún coche. La pierna se la rompió su hijo pequeño de un puntapié, accidentalmente. Porque su hijo, con sólo cinco años, poseía una fuerza sobrehumana. Y no era un mutante, sino... de otro planeta.
Vaya, vaya.
Diez minutos después John lo llevó a su habitación y Xavier vio que Magneto le estaba esperando con un paquete bajo el brazo.
-Siento haberte hecho esperar.
-No importa, llevo aquí sólo unos minutos. Te he traído algo para que te entretengas.
-Ya lo veo. ¿Qué es?
Magneto lo desenvolvió.
Xavier sonrió.
-Un tablero de ajedrez. Estupendo. Echaba de menos nuestras partidas.
-¿Sabes? Siempre tuve la sospecha de que me leías la mente. Por eso me ganabas tantas veces.
-Quizá deberías hacerte un casco especial que impida que vuelva a hacerlo-bromeó Xavier.
-Quizá lo haga. ¿Qué tal una partida?
-Claro. Escoge.
-Negras-Magneto colocó el tablero en la mesita en la que le servían a Charles la comida y empezó a colocar las piezas sobre el tablero. Xavier hizo el primer movimiento.
-Háblame del Tíbet-dijo Magneto.
-Pensé que estabas al tanto-dijo Xavier, con sarcasmo.
-Sólo me llegaron algunos rumores. ¿Es cierto que te enfrentaste a Lucifer?
-Sí-Xavier le comió una torre-Pero no era el Diablo, sino un alienígena enviado a la Tierra para conquistarnos. Tenía a todos los tibetanos esclavizados, así que me enfrenté a él y le vencí.
-¿En serio?-preguntó Magneto, enarcando las cejas.
-Sí. Pero pagué el precio: me destrozó las piernas.
Magneto se quedó con su caballo.
-También tengo una lesión en la médula-prosiguió Charles-, por eso durante estos seis meses mientras los huesos se soldaban, no sentía ningún tipo de dolor. Podrías clavarme un cuchillo en la pierna y no me enteraría.
-Lo lamento.
-Olvídalo.
-¿Tus piernas estaban muy mal?
-Sí. Al menos de las rodillas para abajo. Me fracturé las tibias por varios sitios. Al hacerlo me rompí las venas y arterias, y la sangre ya no llega a mis extremidades inferiores. Esa parte está muerta. Por eso los médicos quieren amputarme las piernas por debajo de las rodillas. Pero no voy a consentirlo.
-Bien. Al cuerno con ellos. Y al cuerno contigo. Jaque.
Xavier sonrió.
-Sabía que harías eso. Jaque mate.
4. Uno de los nuestros
-Es imposible-dijo el doctor Marvin, observando las radiografías.
-¿Qué ocurre, doctor?-preguntó Xavier desde su silla-¿Algún problema?
-Debe haber algún error. Es médicamente imposible.
-¿Qué les ocurre a mis piernas?
-Es un auténtico milagro. Sus huesos se han soldado.
-Doctor, llevo aquí seis meses. Los huesos ya se estaban soldando.
-Quiero decir que no hay ningún rastro de fractura. Eso como si no se hubiera roto las piernas. Y sus venas y arterias… están intactas. Es como si nunca se las hubiera destrozado.
-Eso es imposible, doctor Marvin.
-Lo sé, Xavier, yo tampoco me lo creo, tiene que haber alguna explicación lógica.
Xavier creía conocerla.
A las once John pasó a recogerle para su siguiente sesión de rehabilitación.
-¿Preparado para un poco de ejercicio, Xavier?
-Claro.
John empezó a masajearle los pies.
-Te estoy muy agradecido por lo que has hecho por mí-dijo Xavier de pronto.
-Olvídelo, es mi trabajo.
-Me refiero a mis piernas.
John dejó de masajearles los pies y le miró.
-No... no sé de qué me está hablando-dijo, con nerviosismo.
-John, deja de fingir. Sé que eres un mutante.
John le miró, asustado.
-Eso no es cierto, qué estupidez. ¿De dónde ha sacado semejante idea?
-Posees la capacidad de curar con tus manos desde hace un mes. Una noche saliste del cine con tu novia cuando un tipo os atracó. Ella no quiso darle el colgante que le habías regalado y le disparó en el estómago. Ella empezó a sangrar. Tú pusiste tus manos sobre la herida y le pediste a Dios que dejara de sangrar. Y la herida se cerró. Desde entonces tratas de ayudar con tu don a los pacientes más graves. Como mi caso.
-No sé cómo sabe todo eso, pero por favor, no me denuncie al Comité.
-¿Qué Comité?
-El Comité para la Pureza de la Raza Humana. No me denuncie, por favor, no he hecho nada malo-suplicó John, temblando de miedo.
-Tranquilo, John, no voy a denunciarte. Yo también soy un mutante.
-¿Lo es?-preguntó, sorprendido.
-Sí, y de los buenos, así que no tienes por qué preocuparte. Ahora háblame de ese Comité. Es la primera vez que oigo ese nombre.
-Han surgido hace poco, pero se han dispersado rápidamente por varias ciudades de Estados Unidos, como un virus, y están captando muchos seguidores. Odian a los mutantes y se creen superiores. Sé que han agredido brutalmente a mucho mutantes, y algunos de ellos incluso han muerto.
Xavier meneó la cabeza.
-Es lo que he temido durante muchos años, y ahora está sucediendo. Gracias por contármelo.
-No, gracias a usted. Con usted de mi parte siento que estoy a salvo. Y lamento no poder hacer más por usted. Hace poco que soy consciente de mis poderes y lo más difícil que he hecho hasta ahora es curar una fractura. Lamento no poder sanar su médula espinal.
Xavier le sonrió.
-Olvídalo. Ya has hecho más que suficiente. Y es algo por lo que te estaré eternamente agradecido.
Xavier le aconsejó a John que siguiera trabajándole las piernas para que no levantara sospechas, y se recordó que tenía que hablar del tema con Eric. Quizá supiera algo.
5. Jean
-¿Has oído hablar del Comité...
-... para la Pureza de la Raza Humana? Sí, se han cruzado unas cuantas veces en mi camino. ¿Por qué?
-Mi fisioterapeuta es un mutante y me pidió que no lo denunciase a ese Comité. Pensé que estaba al tanto de todo lo referente al tema mutante, pero hasta ahora no había oído hablar de ellos.
-Has estado años sin pisar Estados Unidos, Charles, viajando de aquí para allá, ayudando a tus homo sapiens, es normal que no hayas oído hablar de ellos. Además son muy listos. No son una turba de gente con antorchas que va tras los mutantes a plena luz del día. Están organizados y van por las ciudades dando mítines para convencer a la gente de que los mutantes son una amenaza, y están convenciendo a mucha gente. Esto es igual que el partido fascista de Hitler, Charles. Si sigue así, al final todos los mutantes serán perseguidos como lo fueron los judíos.
-¿Conoces a su líder?
-No, los líderes de los Comités de cada ciudad llevan una capucha roja que les cubre el rostro, pero da igual. Esto demuestra mi teoría sobre los humanos.
-Creo que te estás precipitando.
-Eres un necio, Charles-dijo Magneto, poniéndose de pie-Lo miras pero no lo ves. La guerra no tardará en llegar. ¿De qué parte estarás?¿Del suyo o del nuestro?
-Magnus, no hagas ninguna tontería.
-Tranquilo, Charles, yo tampoco quiero una guerra. Ya viví una, y no fue agradable.
-¿Qué vas a hacer?
-Aunque no te lo creas, Charles, tengo otros asuntos que atender aparte de venir a verte.
-No dejaré que hagas ninguna tontería-le advirtió su amigo.
-Lo sé, Charles. Ahora tengo que irme. Ya vendré otro día.
Aquella semana Xavier tuvo otra visita a parte de Magneto.
Estaba al aire libre en su silla cuando se lo anunciaron.
-Señor Xavier, ha venido alguien a verlo-le dijo la enfermera.
-¿Quién es?
-Dice que es un amigo suyo de la universidad.
-Dígale que venga.
Hizo muchos amigos en la universidad, pero sólo uno siguió siéndolo tras saberse que era un mutante. Una amistad que había perdurado hasta el día de hoy.
-Hola, Profesor.
Así es cómo le llamaban por aquel entonces.
Xavier hizo girar su silla y sonrió ampliamente.
-John Grey, me alegro de verte.
-Hola, amigo-John le estrechó la mano-Siento no haber venido antes, pero lo último que supe de ti es que estabas en Egipto.
-No importa, lo importante es que lo hayas hecho. Significa mucho para mí. A parte de ti sólo he tenido otra visita.
-¿De verás?¿Quién?
-Alguien que conocí en Israel. No le conoces.
-¿Cómo lo llevas?-le preguntó John, sentándose en el banco que había en frente de Xavier.
-Bien, dentro de lo que cabe. No me queda más remedio que asumirlo y seguir para delante.
-Cuando me enteré de lo que te había pasado, no me lo creía. ¿Por qué a las personas buenas les pasan siempre cosas malas?
-Gracias, John, eres muy amable.
-Mi mujer lloró por ti. Ella te aprecia mucho.
-Yo también a ella. Cuando la veas dale un abrazo de mi parte.
-Lo haré. Quería venir a verte, pero ya sabes, Jean...
-¿Cómo está tu hija?
-Deberías verla, Charles, es preciosa. Tiene 11 años, pero parece ya una mujercita.
Xavier lo miró fijamente.
-Cuéntamelo.
-¿Qué?
-Tú no has venido aquí sólo a ver cómo estaba. Quieres pedirme un favor. Es Jean.
Entonces John no pudo soportarlo más y se derrumbó.
-Dios mío, Charles, mi mujer y yo ya no sabemos qué hacer. Ahora mismo eres la única persona que puede hacer algo por ella. A Jean le ha pasado algo terrible.
-Cuéntamelo.
-¿No puedes leerme la mente?
-Prefiero que seas tú el que me lo diga. Hablar es una buena terapia.
-Está bien -John se frotó los ojos- Hace un año...
6. Jean, segunda parte
-Hace un año la mejor amiga de Jean fue atropellada. La niña murió en sus brazos. Desde entonces sufre una fuerte depresión. Apenas habla, casi siempre está llorando, no come, no quiere salir de casa, por la noche tiene horribles pesadillas sobre lo ocurrido... La hemos llevado a varios psicólogos y psiquiatras, pero no ha servido de nada. Ya lleva así un año, Charles. Tengo miedo de que no logre superarlo.
-¿Y qué hay de sus amigos?
-La han dejado de lado. Creen que se ha vuelto loca. A veces Jean dice que oye voces en su cabeza. ¿Tú qué crees, Charles?
-Es muy posible que sus poderes hayan surgido finalmente.
Cuando Jean nació, Xavier supo enseguida que era una mutante, y se lo hizo saber a sus padres, que lo aceptaron de buen grado.
-¿Lo crees de verdad?
-Es muy común que en una situación de estrés o una experiencia traumática aparezcan los poderes en un mutante adolescente.
-¿Podrás ayudarla?
-Tráela al hospital la próxima vez que vengas y veré lo que puedo hacer.
-Gracias, Charles. Por poco que hagas te estaré eternamente agradecido.
-Dame las gracias cuando consiga ayudar a tu hija. Ahora es pronto para cantar victoria.
Xavier se sorprendió mucho al ver a Jean, pues estaba muy desmejorada. Estaba extremadamente delgada y tenía ojeras bajo los ojos. Además tenía la cabeza agachada. Tenía miedo de mirarle a los ojos.
-John, será mejor que nos dejes solos.
-Está bien, esperaré fuera.
-¿Tienes hambre, Jean? La enfermera me trajo la comida, pero no me apetece demasiado.
Jean negó con la cabeza.
Xavier tocó un punto en su mente y la niña empezó a comer.
-Eso está mejor. Jean, ¿sabes quién soy yo?
-Es amigo de papá.
-¿Y sabes por qué estás aquí?
La niña asintió con la cabeza.
-Cree que usted puede ayudarme, pero no puede.
-¿Por qué no?
-Nadie puede.
-¿Por qué?
-Usted no... no lo entiende. Ella... ella murió en mis brazos-Jean se echó a llorar-Mi mejor amiga se murió en mis brazos, y yo lo sentí. Sentí su dolor como si fuera el mío, y supe todo lo que estaba pensando. ¡Y no pude hacer nada! Y... y desde entonces, cuando estoy con alguien, escucho voces en mi cabeza, las voces de lo que piensan, y me estoy volviendo loca. ¡Quiero que paren!
Xavier la abrazó y le acarició el cabello.
-No estás loca, Jean. Posees un don. Puedes leer las mentes de los demás, saber lo que piensan. ¿Puedes leer la mía?
-Sí.
-Entonces sabrás que quiero ayudarte, y que puedo hacerlo.
-¿Hará que desaparezcan las voces?
-Sí, cariño, haré que desaparezcan, pero para eso tienes que confiar en mí. ¿Confías en mí?
-Sí.
-Bien, entonces cierra los ojos y relájate. Cuando las abras todo habrá cambiado.
Jean cerró los ojos y Xavier puso sus manos sobre su cabeza.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, Xavier salió al pasillo a hablar con John.
-¿Y bien?¿Cómo está?
-Ahora duerme. Demos un paseo.
-¿Qué ha pasado ahí dentro? La oí gritar y llorar e iba a entrar, pero escuché tu voz en mi cabeza diciéndome que no pasaba nada.
-Tu hija ha pasado por un infierno, John. Tal y como yo pensaba, sus poderes emergieron al presenciar el accidente de su amiga. Básicamente tu hija es telépata. Supo lo que estaba pensando su amiga mientras se moría y sintió su dolor.
-Dios mío, pobrecilla.
-Eso la traumatizó, lógicamente. A partir de ese día le resultó imposible controlar su poder. Las voces que oía en su cabeza eran los pensamientos de la gente que la rodeaba. Es demasiado joven y su poder le queda demasiado grande, así que he puesto una barrera psiónica en su mente, que le impedirá usar sus poderes hasta que esté preparada.
-¿Es seguro?
-No correrá peligro. Además es lo mejor para una mutante de su edad.
-Bien-John respiró aliviado-¿Y qué pasará cuándo esté preparada? Tengo miedo por ella.
-Tengo un proyecto entre manos que espero poder culminar a finales de este año. Voy a convertir mi mansión en una escuela para mutantes.
-¿Una escuela?
-Sí. Existen muchos mutantes, que, como en el caso de Jean, se sienten asustados ante sus repentinos poderes. Alguien debería ayudarles a controlarlos y desarrollarlos y hacer un buen uso de ellos.
-Tú eres la persona adecuada para hacerlo, Charles, esa es una gran idea.
-Cuando esté terminado envíame a Jean. Yo mismo la instruiré en el uso de sus poderes.
-Gracias, Charles, pero, ¿crees que te dejarán hacerlo? Quiero decir...
-Sé lo que quieres decir. Por eso no debes preocuparte. Oficialmente será un centro privado para jóvenes superdotados.
-Veo que lo tienes todo planeado.
-Así es, y no debes preocuparte por Jean. He calmado el dolor por la muerte de su amiga. Todo irá bien.
-No sé cómo podré compensártelo, Charles. Le has salvado la vida a mi hija. Te estaré eternamente agradecido.
-Olvídalo, amigo. Hice lo que tenía que hacer. Me gusta ser útil.
-Y lo has sido. Vaya si lo has sido-ambos se abrazaron y poco después John Grey se llevó a su hija.
7. Los planes de Magneto
Magneto se acercó a la casa de la puerta azul y tocó el timbre.
Un hombre de unos cincuenta años, medio calvo y de barba poblada abrió la puerta.
-Hola, doctor Cornelius.
-¿En qué puedo ayudarle?
-Usted tiene cierta información que me gustaría que compartiera conmigo.
-¿De qué se trata?-preguntó desconcertado.
-Del Vacío.
-Lo siento, pero no sé a qué se refiere. Si me disculpa, estoy muy ocupado-empezó a cerrarle la puerta pero Magneto no le dejó. Lo empujó a un lado, entró en la casa y cerró la puerta tras él.
-¿Qué está haciendo? Si no sale de mi casa inmediatamente llamaré a la policía.
-Usted no va a llamar a nadie.
De repente Cornelius sintió un intenso dolor en el pecho y su cara se contrajo.
-¿Se encuentra bien? No tiene buen aspecto. Quizá sea su marcapasos. Sabe que no puede acercarse a los campos magnéticos, ¿verdad?
El doctor Cornelius lo miró, asombrado.
-Ya sé quién es usted. Es Eric Lensher. He leído su ficha.
-Entonces sabrá que puedo algo más que inutilizar su marcapasos.
-¿Qué quiere de mí?
-Ya se lo dije, doctor, información. Dígame la ubicación exacta del Vacío y le dejaré en paz.
-No puedo.
-Hay muy pocas personas que saben dónde se encuentra. Sólo lo saben los mutantes que están allí y los empleados que trabajan o han trabajado en sus instalaciones. Usted trabaja en El Vacío y por tanto sabe dónde está.
-No puedo decírselo, es información restringida.
Cornelius volvió a sentir otra punzada de dolor, tan fuerte que se cayó de rodillas.
-Mi paciencia tiene un límite, doctor.
-¿Por qué quiere saberlo?
-Digamos que quiero visitar a cierta persona. Dígamelo y el dolor desaparecerá.
-Está bien. Está a 120 km. de los Ángeles.
-Sea algo más preciso, doctor.
-Está en el Atlántico.
-¿En medio del Océano Atlántico?
-Sí.
Magneto se rió.
-Sorprendente.
-Ya tiene lo que quería. ¿Se marchará ahora?
-¿Cómo sé que no acudirá a la policía, o al Comité?
-¿Qué? Tiene mi palabra, por favor...
-Me temo que no es suficiente. Debe pagar por sus crímenes.
-¿Crímenes?¿Qué crímenes?
-Contra los mutantes.
-¡Yo no he cometido ningún crimen contra los mutantes!¡Yo acepto a los mutantes!¡Tengo amigos mutantes!
-¿Ya se ha olvidado del proyecto "Weapon-X"? Sólo han pasado dos años.
Cornelius se puso pálido como la cera.
-¿Cómo...?
-Tengo mis fuentes.
-Escuche Lensher, no tuve elección, ellos...
-Mi nombre es Magneto.
El doctor Cornelius sufrió una serie de espasmos, puso los ojos en blanco y dejó de moverse.
Estaban jugando al ajedrez cuando dieron la noticia por televisión.
-"Hace unas pocas horas se ha encontrado el cuerpo sin vida del doctor Maximilian Cornelius en el salón de su casa de Nueva York. Aparentemente murió de un ataque cardíaco provocado por un mal funcionamiento de su marcapasos. El doctor Cornelius era un reconocido científico biogenetista que dedicó toda su vida a la investigación del gen mutante que... "
Xavier miró a su viejo amigo.
-Dime que no has tenido nada que ver.
-¿A qué te refieres? Espera, ¿crees que...? Charles, ha sido un infarto.
-Un marcapasos, Magnus.
Magneto meneó la cabeza y lo miró con incredulidad.
-Me alegra comprobar que tu confianza en mí no ha cambiado con el paso de los años. Los marcapasos fallan, Charles. No todas las muertes de los homo sapiens están relacionadas conmigo. Mira, si no me crees será mejor que me vaya.
-No, espera. Lo siento. Si me dices que no tienes nada que ver, te creo.
-Está bien.
Xavier trató de entrar en su mente, pero se topó con un muro infranqueable.
Al parecer Magneto había aprendido a levantar barreras mentales. Aquello lo sorprendió. ¿Por qué no quería que le leyera la mente?¿Acaso tenía algo que ocultar? Tendría que averiguarlo.
8. Sudamérica
-Háblame de Sudamérica-dijo Xavier un día.
Magneto se puso tenso. Xavier lo notó en su voz y también en su mente.
-¿Qué te hace pensar que he estado en Sudamérica?
-Hace cinco años impedí que un hombre se suicidara. Estaba sufriendo una fuerte depresión. Su mujer le había dejado y lo habían despedido, y ya no quería seguir viviendo.
-¿Qué tiene esto que ver con...
-Espera. Fuimos a un bar y tras un par de cervezas se le soltó la lengua. Allí me contó una historia de lo más curiosa. Siete años atrás formó parte de una organización secreta constituida por judíos que viajaban por todo el mundo buscando nazis fugitivos para llevarlos ante la justicia. Hasta la fecha habían encontrado a cuatro. Uno en España, otro en Irlanda y dos en Australia. Pero nada comparado con Sudamérica. En las Antípodas encontraron nada menos que a diez. Diez nazis viviendo como simples civiles. Dos altos mandos de Hitler, un ayudante del propio doctor Menguele y el resto ex-soldados rasos.
Magneto lo miraba con gran seriedad.
-Aquella sería la captura más importante de la historia del grupo. Tendrían que planearlo todo al milímetro. Nada podía salir mal.
Pero salió, pensó Magneto.
-La tarea de mi amigo el suicida era controlar los movimientos de los nazis, no perderlos de vista. Una noche siguió a uno de los nazis hasta un descampado, y escondido entre los arbustos presenció algo que aún años después le provocaba pesadillas.
Magneto sonrió con amargura. Sabía muy bien lo que iba a decirle.
-Los nazis formaban un círculo alrededor de un hombre, armados con pistolas y ametralladoras. Mi amigo conocía a ese hombre. Llevaba en el grupo dos años y tenía unas opiniones más radicales que las de los demás. Creía que no debían entregar a los nazis a las autoridades, sino encargarse ellos mismos de ejecutarlos por el daño que habían causado a los suyos. Era algo radical, sí, pero a mi amigo le caía bien. Mi amigo quiso hacer algo para ayudarle, pero estaba demasiado asustado para reaccionar. Y se quedó allí, observando.
Y entonces ocurrió. Los nazis vaciaron sus cargadores sobre aquel hombre y de pronto se detuvieron y empezaron a hablar entre ellos, asustados, porque las balas permanecían inmóviles en el aire. El hombre que debería haber muerto acribillado estaba de pie en el centro, con los brazos extendidos. Entonces todas las balas giraron simultáneamente e impactaron en las piernas de los nazis. Solamente en las piernas. Los nazis gritaban de dolor y se arrastraban por el suelo, pues ninguno había muerto. A uno de ellos le explotó literalmente la cabeza y de entre los sesos surgió una placa metálica que flotó en el aire unos instantes y luego cayó al suelo. Una pistola flotó hasta la mano de aquel hombre. Se agachó junto a uno de ellos, puso el cañón en la garganta del nazi y disparó. El nazi no murió inmediatamente, pero la sangre empezó a manar y este empezó a ahogarse. A otro le disparó en el estómago y tardó diez minutos en morir. A uno de los altos mandos de Hitler le disparó en los ojos. Tras alargar su agonía durante más de veinte minutos, las armas apuntaron a sus cabezas y se las volaron. El hombre se quedó observando los cadáveres, escupió en cada uno y se marchó. Después de eso mi amigo vomitó y se desmayó.
-El bueno de Ben-dijo Magneto finalmente-Nunca tuvo estómago para esas cosas.
-Tú eres ese hombre.
-No lamento lo que hice. Si pudiera retroceder en el tiempo hasta ese momento, volvería a hacerlo.
-Magnus-se lamentó Xavier-¿Por qué? Eran nazis, sí, pero esa masacre...
-Ellos mataron a Isabelle, Charles, se lo merecían...
-¿Isabelle?
-Jamás pensé que volvería a enamorarme después de perder a Magda, pero conocí a Isabelle y fue como si aquel agujero que había sentido en mi alma hasta entonces se hubiera cerrado. Ella también formaba parte del grupo y compartíamos las mismas ideas. Cuando la mataron me volví loco y quise hacérselo pagar. Y lo pagaron-dijo Magneto con rotundo odio-Después de eso abandoné el grupo.
-Y nació Magneto.
-Magneto ya existía, pero estaba aletargado. No había razón para que no despertara.
-Lamento mucho lo de Isabelle, Magnus, pero lo que hiciste... no puedo aprobarlo. Va en contra de mis principios. Es precisamente contra lo que lucho, mutantes que usan sus poderes contra los homo sapiens.
-No eran humanos, Charles, eran nazis. Monstruos.
Los dos se miraron a los ojos.
-Volvemos al tema de siempre-dijo Xavier.
-Si hubieras estado en mi lugar, ¿qué hubieras hecho? Dímelo, Charles, ¿qué hubieras hecho?
Xavier meneó la cabeza.
-Prefiero no pensarlo.
-Yo te lo diré: hubieras hecho lo mismo. Exactamente lo mismo.
-Es por cosas como esta por lo que nos odian. Y tú no haces más que fomentar ese odio. Tú y los que son como tú.
-Cálmate, Charles, te estás irritando, y ya sabes lo que pasa cuando eso sucede. Será mejor que me vaya. Ya volveré cuando estés más tranquilo.
-Sí, será lo mejor.
-Adiós, Charles.
El Vacío, pensó Xavier de pronto. Magneto quería ir al Vacío, pero, ¿por qué?
¿A quién quería ver?
9. La carta
-Señor Xavier-dijo Amelia Vought, su enfermera, entrando en su habitación-Ha recibido una carta.
-Gracias, Amelia.
Llevaba un mes en el hospital y era la primera vez que alguien le escribía. Se preguntó de quién sería.
Cuando leyó el remite se quedó de piedra. Era de Gabrielle.
Xavier no se lo podía creer. Aquel era el primer contacto que tenían desde que rompieron, hacía 15 años, y Xavier se apresuró a abrir le sobre.
"Querido Charles, sé que te habrá sorprendido recibir esta carta; a mí también me sorprendió escribirla. Después de todo, 15 años son muchos años.
Cuando me enteré de lo que te había pasado pensé en ir a verte, pero tal y como lo dejamos aquel lejano día, supuse que sería buena idea.
Lamento cómo me porté contigo, Charles, y espero que puedas perdonarme. No sé cómo pude pensar que habías usado tus poderes para obligarme a quererte. Tú eres una buena persona y sé que jamás habrías hecho algo así. Ahora lo sé y créeme cuando digo que lo siento.
No hace mucho vi a Eric. Lo noté muy cambiado. Claro que después de 15 años todos hemos cambiado, en mayor o menor medida. Lo de Israel nos cambió.
Me he casado y tengo un hijo. He rehecho mi vida y espero que tú hayas hecho lo mismo. Te deseo lo mejor, y espero que algún día pueda volver a verte caminar.
Con mis mejores deseos, tu amiga que no te olvida, Gabrielle"
Después de leer la carta, Xavier pensó con cariño en ella, recordando cómo se habían conocido...
Ya que ha pasado tanto tiempo desde que te envié la entrega anterior te haré un pequeño resumen:
Charles Xavier se recupera en el hospital de un grave accidente que lo dejó parapléjico. Allí recibe la visita de Magneto, que no se ven desde hace años, tras un duro enfrentamiento. Hablan de sus cosas y un día Xavier recibe la carta de Gabrielle, una ex-novia, haciendo referencia a lo que ocurrió en Israel.
En este capítulo empieza un largo flashback que muestra a un joven Xavier mucho antes de quedar en silla de ruedas.
Que lo disfrutes.
10. Israel
Charles Xavier iba en un destartalado autobús que lo llevaba a Haifa (Israel). Allí Daniel Shomron dirigía un centro para judíos con problemas mentales y físicos a raíz del Holocausto, y Charles iba allí para echarle una mano.
Conoció a Daniel en un campamento M.A.S.H., mientras se recuperaba de sus heridas de guerra. Aunque en realidad sus heridas no fueron causadas por la propia guerra, sino por su hermanastro, Caín.
El padre de Charles era científico molecular. Un día hubo un accidente en su laboratorio y murió. Su socio, Kurt Marko, se casó con su madre, pero no por amor, sino por su inmensa fortuna. Kurt pagaba sus frustraciones con su hijo Caín y este con Charles, al que odiaba profundamente por ser más inteligente que él. Además no contribuyó a su relación que Kurt se llevara muy bien con Charles ni que Caín descubriera en varias ocasiones a Charles entrando en su mente. Aquello aumentó más el odio que sentía por él.
Cuando Charles fue reclutado para la guerra, ambos coincidieron en la misma unidad. Una noche, Caín desertó y Charles lo siguió hasta una cueva. Salvo que no era una cueva, sino uno de los nueve Templos de Cyttorak. El Templo albergaba grandes tesoros, pero Caín se fijó en una enorme gema que había sobre un pedestal. Cuando la tocó, la gema cambió su cuerpo, otorgándole una fuerza descomunal y convirtiéndolo en un ser incapaz de ser detenido. El Templo empezó a derrumbarse, sepultándolo. Xavier consiguió salir, malherido, creyendo que su hermanastro había muerto.
En cierto modo fue así. Porque aquel día, nació Juggernaut.
Desde entonces su hermanastro usó sus nuevos poderes para intentar acabar con él. Charles lo sentía mucho, porque siempre quiso que se llevaran bien, y no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. Bueno, sí, podía obligarle a que dejara de odiarle, pero Charles no quería hacerlo. No le gustaba manipular a la gente si no era estrictamente necesario, y con Caín no pensaba hacerlo. Aquel cambio tendría que provenir de él. Quizás algún día acabarían por llevarse bien.
Charles se bajó en la parada y tardó unos diez minutos en llegar caminando al hospital. Este era un edificio bastante deteriorado. Tenía muchas grietas y la pintura blanca había desaparecido casi por completo. Parecía que le hubiera caído una bomba encima.
Charles entró y paró a una enfermera que pasó por su lado.
-Disculpe, ¿dónde puedo encontrar al doctor Shomron?
-Está en su despacho, al final de este pasillo.
-Muchas gracias.
Se encaminó al despacho de su amigo y entonces escuchó que lo llamaban por megafonía. Iba a llamar a la puerta cuando esta se abrió de golpe y se encontró de frente con Daniel. Su amigo lo miró, sorprendido.
-¿Charles?¿Charles Xavier?
-Hola, Daniel.
Los dos se abrazaron efusivamente.
-Me gustaría pararme a charlar, pero tengo que ir a la enfermería urgentemente. Ven, acompáñame.
-¿Qué ocurre?
-Aún no lo sé, pero mucho me temo que se trate de nuevo de Isaac. Es un niño de 13 años que estuvo en Auschwitz seis meses. Cada vez que alguno de nosotros se acerca a él, se vuelve como loco y empieza a patalear y a chillar. Lleva aquí tres años y aún no sé cómo ayudarle.
Entraron en la enfermería y efectivamente Isaac estaba dificultando la labor de las enfermeras. Había tres tratando de calmarle y otra intentando pincharle con una aguja. El niño gritaba y se revolvía, impidiendo que se acercaran a él.
-Son los uniformes-dijo Charles.
-¿Qué?-preguntó Daniel.
-Los que le torturaron en Auschwitz llevaban batas blancas y uniformes de enfermera. Por eso se vuelve loco cada vez que alguien se le acerca vestido de esa manera.
-Está bien-dijo Daniel dirigiéndose a las enfermeras-Déjennos solos, por favor. Hay más pacientes que necesitan de sus cuidados. Nosotros nos ocuparemos de Isaac. Gracias.
Cuando se fueron, Daniel se quitó la bata y la arrojó al suelo. Al instante Isaac pareció relajarse y empezó a respirar con normalidad.
Daniel se volvió hacia Charles, sonriendo, sin acabar de creérselo.
-Es increíble. Has hecho más en este minuto que nosotros en tres años. ¿No te interesaría trabajar aquí, verdad?
-Lo cierto es que vine por eso.
-Me alegro mucho de que me digas eso, Charles, pero tienes que saber que no puedo pagarte. Este hospital subsiste a duras penas. Todos los que trabajamos aquí somos voluntarios. Lo único que he conseguido del gobierno israelí son las medicinas y sábanas limpias.
-Sabes que el dinero no me importa, Daniel. He venido a ayudar.
Con la inmensa fortuna que heredó de su madre, podía trabajar gratis el resto de su vida.
-Entonces te doy la bienvenida-dijo Daniel estrechándole la mano-Quizás con tu don puedas ayudar a los pacientes que nosotros no hemos podido.
-Espero que así sea, Daniel.
11. Eric
-Esto no es realmente un hospital-dijo Daniel al día siguiente mientras le mostraba las instalaciones-Es más bien una gran sala de recuperación. No tenemos quirófanos ni sala de rayos-X ni el equipo adecuado.
-¿Y qué hace el gobierno? ¿Dónde invierte el dinero? Se supone que este sitio es para ayudar a los supervivientes del Holocausto-protestó Charles-Debería poner más de su parte.
-La Guerra ha dejado una profunda huella en este país, Charles. Terminó hace años, pero a Israel aún le cuesta levantar cabeza, y no creo que lo haga del todo. Fueron 6 millones. Eso no se olvida fácilmente.
-No debe olvidarse, Daniel. Pero debería implicarse más en proyectos como este.
-No es por falta de ganas, créeme, pero no se puede sacar dinero de donde no lo hay. Las arcas están vacías. Conseguí que nos cedieran este edificio, un viejo hospital de principios de siglo y que nos abastecieran de comida, mantas, medicamentos y el instrumental médico básico. A partir de ahí el resto es cosa nuestra. Quizá algún día puedan hacer más, pero no ahora.
-Esperemos que ese día no tarde en llegar.
-Sí.
-¿Cuántos sois?
-Seremos unas veinte personas. Nueve médicos, seis enfermeras y cinco civiles. Seis si te contamos a ti.
-Veinte personas y aún así conseguís llevar adelante este centro. Me parece algo admirable.
-Gracias, hacemos lo que podemos. Por cierto, hay algo de lo que quisiera hablarte.
-¿De qué se trata?
-A algunos de tus nuevos compañeros no les agradan demasiado los mutantes. Te aconsejo que mantengas tu don especial en secreto.
-Vaya, no me esperaba que aquí sucediera también eso-exclamó sorprendido.
-Sucede en todas partes. Ya sabes, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio.
-Sí, y el odio lleva al sufrimiento. Nuestro pan de cada día. Por suerte tú lo aceptaste.
-Ya conoces mi opinión al respecto. Lo importante es la persona, no lo que sea capaz de hacer.
-Estoy de acuerdo.
-Ahora acompáñame. Te presentaré a tus nuevos compañeros.
Daniel le presentó a algunas de las enfermeras, pues se toparon con ellas en los pasillos. A las restantes se las presentó cuando acabaron de atender a sus pacientes, lo mismo que con los médicos y los civiles voluntarios. Le dieron la bienvenida, hubo besos, estrechamiento de manos y palmaditas en la espalda. Estuvo un rato hablando con ellos y luego Daniel se lo llevó aparte a él y a una de las enfermeras.
-Carla, ¿has visto a Eric?
-Sí, creo que está con la señora Holstrom.
-Bien, gracias.
-Suerte-le dijo Carla a Charles-La necesitarás.
-¿A qué se refiere?-le preguntó mientras se ponían en camino.
-Es por Eric. No se lleva demasiado bien con los demás. Quizá tú tengas más suerte. Lleva aquí unos seis meses y es un civil, como tú. No le gusta hablar mucho de su pasado, pero me dijo que estuvo en el campo de Brunau en su adolescencia, y que esperaba que su experiencia pudiera servir de ayuda.
-Eso le honra.
-Sí, es un buen hombre y se dedica en cuerpo y alma a los pacientes del hospital, pero no es demasiado sociable. Por suerte me llevo bien con él.
El tal Eric estaba junto a una anciana a la que le faltaba la mano. En el momento en que entraron le estaba hablando en voz baja. Entonces se remangó el brazo y Charles vio que tenía un número tatuado. La besó en la frente y la arropó con las sábanas.
-Daniel, ¿qué quieres?-preguntó, percatándose de su presencia.
Charles notó que estaba irritado.
-¿Quién es tu amigo?
-Charles Xavier, te presento a Eric Lensher.